
Entre el 17 y 18 de octubre de 2025, la ciudad de Medellín fue sede de la Feria Popular de Brujería, organizada por Comfama en el Claustro San Ignacio. Este evento, que conmemoró los 50 años del Primer Congreso Mundial de Brujería realizado en Bogotá en 1975, ha suscitado un intenso debate en la sociedad colombiana, particularmente en Antioquia, región tradicionalmente reconocida por su arraigo a valores cristianos.

Para entender el contexto de esta feria, es necesario remontarnos medio siglo atrás. En agosto de 1975, Bogotá fue escenario de un evento sin precedentes en la historia del país. El empresario paisa Simón González Restrepo, hijo del filósofo Fernando González, organizó el Primer Congreso Mundial de Brujería en lo que hoy es Corferias. Bajo el lema «A la sombra de lo diferente, con amor y asombro» —frase atribuida al poeta nadaísta Gonzalo Arango—, el evento reunió a más de 3,000 personas entre brujos, curanderos, videntes, tarotistas y practicantes de diversas formas de ocultismo provenientes de países como Brasil, Venezuela, Haití y otros lugares del mundo.
El congreso incluyó conferencias sobre hipnosis, telepatía, rituales vudú, medicina ancestral y prácticas esotéricas variadas. También contó con una feria comercial donde se vendían desde pócimas y amuletos hasta electrodomésticos. Incluso el entonces presidente Alfonso López Michelsen y su esposa recibieron a delegados del congreso en la Casa de Nariño, donde la primera dama se sometió a una lectura del aura con cámara Kirlian. Este evento generó gran controversia en su época, con manifestaciones de católicos opuestos a su realización y amplia cobertura mediática internacional, siendo mencionado hasta en el programa mexicano «El Chavo del 8».
Ahora, cincuenta años después, Comfama decidió conmemorar este acontecimiento con una feria que incluyó charlas, talleres de herbolaria, rituales como alabaos del Pacífico, danzas chocoanas y guajiras, mercado de productos esotéricos, conciertos y proyecciones documentales. Los organizadores enfatizaron que el objetivo era «visibilizar las diversas prácticas espirituales» y «celebrar la diversidad cultural» del país, defendiendo el evento bajo el amparo del artículo 19 de la Constitución que garantiza la libertad de cultos. Sin embargo, este evento ha generado preocupación en sectores amplios de la sociedad, particularmente entre la comunidad cristiana.
Y es que la Palabra de Dios es clara y contundente respecto a las prácticas de brujería, hechicería y ocultismo. A lo largo de las Escrituras, encontramos advertencias explícitas que no dejan lugar a ambigüedades. Éxodo 22:18 declara: «A la hechicera no dejarás que viva.» Esta sentencia, aunque pertenece al código legal del antiguo Israel, evidencia la gravedad con la que Dios considera estas prácticas. Levítico 19:31 advierte: «No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo Jehová vuestro Dios.»
Pero quizás el pasaje más explícito se encuentra en Deuteronomio 18:10-12: «No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones de delante de ti.»
El Nuevo Testamento mantiene esta postura firme. En Gálatas 5:19-21, el apóstol Pablo enumera las obras de la carne: «Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.»
Apocalipsis 21:8 advierte sobre el destino final: «Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.» Y Apocalipsis 22:15 confirma: «Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira.»
La Biblia nos presenta ejemplos concretos de confrontación entre la verdad de Dios y las prácticas ocultistas. Recordemos a los magos de Faraón enfrentándose a Moisés en Éxodo 7-8. Aunque los hechiceros egipcios pudieron imitar algunos prodigios mediante artes ocultas, fueron superados por el poder de Dios y finalmente tuvieron que reconocer: «Dedo de Dios es este.» También está el caso del rey Saúl y la adivina de Endor en 1 Samuel 28. Cuando Saúl, desesperado y abandonado por Dios, consultó a una médium, esto marcó su completa caída y fue preludio de su muerte. Este episodio muestra las consecuencias trágicas de recurrir al ocultismo.
Pero hay un pasaje particularmente poderoso en Hechos 19:18-19 que narra lo que sucedió en Éfeso: «Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos. Asimismo muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata.» Este pasaje muestra la incompatibilidad radical entre la fe cristiana y las prácticas ocultas.
La realización de estos eventos, particularmente con recursos de entidades públicas y bajo el argumento de la «diversidad cultural», implica una normalización de prácticas que la Biblia condena explícitamente. Si bien Colombia es un estado laico que garantiza la libertad de cultos, los cristianos tenemos el deber de señalar que no toda práctica espiritual es inocua o equivalente. La presentación de la brujería como parte del «patrimonio cultural» o como «espiritualidades alternativas» puede crear confusión, especialmente entre los jóvenes, sobre la naturaleza real de estas prácticas.
2 Corintios 11:14-15 advierte: «Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.» Las prácticas ocultistas, aunque se presenten bajo apariencias culturales, folclóricas o «ancestrales», involucran la apertura a poderes espirituales que no provienen de Dios. Efesios 6:12 nos recuerda: «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.»
Es importante distinguir entre expresiones culturales legítimas (como la música, danza, gastronomía o medicina tradicional basada en plantas) y prácticas específicamente orientadas a la invocación de espíritus, adivinación o manipulación de fuerzas ocultas. La Biblia no condena el estudio de plantas medicinales, pero sí la hechicería. Esta distinción es crucial para no caer en extremos, pero tampoco en la ingenuidad de relativizar todo bajo el manto de lo «cultural».
Que una entidad como Comfama, que recibe aportes de empresas y trabajadores, organice y promueva este tipo de eventos plantea cuestionamientos éticos. Muchos de los aportantes son cristianos que no desearían que sus recursos se destinaran a la promoción de prácticas contrarias a su fe.
Ahora bien, es fundamental aclarar algo: señalar los peligros espirituales del ocultismo no es intolerancia religiosa ni imposición de creencias. Es un ejercicio legítimo de la libertad de expresión y, para los cristianos, un deber de advertir sobre realidades espirituales peligrosas. Ezequiel 33:6 advierte sobre el centinela que no alerta al pueblo: «Pero si el centinela viere venir la espada y no tocare la trompeta, y el pueblo no se apercibiere, y viniendo la espada, hiriere de él a alguno, éste fue tomado por causa de su pecado, pero demandaré su sangre de mano del centinela.»
Nuestra postura debe estar fundamentada en el amor genuino hacia quienes practican o se involucran en el ocultismo. Así como Cristo vino a buscar y salvar lo que se había perdido, nosotros debemos orar por la liberación y salvación de quienes están atrapados en estas prácticas. No se trata de condenar personas, sino de señalar con claridad las verdades bíblicas y advertir sobre los peligros reales.
Juan 8:32 declara: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.» Debemos proclamar que hay libertad verdadera en Cristo, no en prácticas ocultas que prometen poder pero esclavizan. 1 Juan 4:4 nos anima: «Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.»
Entonces, ¿cómo debe responder la iglesia cristiana en Colombia? Primero, con oración intercesora por nuestra nación, autoridades y por quienes están involucrados en prácticas ocultistas. Segundo, con enseñanza clara sobre lo que dice la Palabra de Dios respecto a estos temas, sin evadir las conversaciones difíciles. Tercero, con un testimonio de vida que demuestre el poder transformador del Evangelio. Y cuarto, con compasión hacia quienes buscan respuestas espirituales en lugares equivocados.
La realización de la Feria de Brujería en Medellín y la conmemoración del Congreso de 1975 representan un desafío para la comunidad cristiana colombiana. No podemos permanecer indiferentes ante la promoción y normalización de prácticas que la Palabra de Dios condena claramente. Sin embargo, nuestra respuesta no debe ser de odio o violencia, sino de amor, verdad y claridad doctrinal.
Debemos defender el derecho de expresar nuestras convicciones en un estado democrático, al tiempo que reconocemos que otros tienen libertad de creer diferente. Pero la libertad no significa que todas las creencias son igualmente verdaderas o beneficiosas. Como lo expresó el apóstol Pablo en Romanos 12:2: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.»
En un tiempo donde se relativizan las verdades espirituales bajo el argumento de la «diversidad» o el «pluralismo», los cristianos tenemos el llamado a mantenernos firmes en la Palabra de Dios, proclamando con amor pero sin titubeos que «no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12).
Que el Señor nos conceda sabiduría, amor y valentía para ser luz en medio de las tinieblas, testigos fieles de su verdad en una generación que necesita desesperadamente el poder liberador del Evangelio. Porque como dice 2 Timoteo 1:7: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.»
Juan David Patiño Morales
Escritor, conferencista y expositor de la Biblia



